La costumbre de caminar alerta


El año pasado, en una de las tantas caminatas al gimnasio con mi hermana, vivimos algo que, tristemente, no tenía nada de extraordinario.

Apenas salimos de la casa, unos mototaxistas comenzaron a chiflarnos y a gritarnos cosas. Más adelante, por la tienda de la esquina unos hombres hicieron lo mismo. Cerca del barrio, un señor le dijo algo a mi hermana mientras pasaba a su lado; ella sintió la invasión de ese gesto, de esa mirada insistente. Y cuando ya estábamos llegando al gimnasio, otros hombres desde una ferretería imitaban ladridos y lanzaban comentarios como "mamacita" o expresiones mucho más vulgares.

Lo recuerdo porque ese día me di cuenta de algo: era imposible caminar tranquilamente. Durante un trayecto de apenas unos minutos, tuvimos que ignorar comentarios, esquivar miradas incómodas y permanecer alerta.


El cálculo previo antes de salir

Durante años fui caminando al gimnasio. Lo hacía cuando vivía en la Costa y lo sigo haciendo ahora. Sin embargo, recuerdo que muchas veces salir implicaba un cálculo previo: qué ropa ponerme, qué calles tomar, qué tan expuesta me sentiría. Hubo ocasiones en las que pensé en usar ropa más larga para cambiarme después, ya dentro del gimnasio. Otras veces simplemente me daba pereza ese tema y evitaba salir. 

Y sospecho que muchas mujeres entienden exactamente de qué estoy hablando.

Lo más llamativo es que el acoso callejero no solo ocurre en el momento. También deja algo después.

Con el tiempo una aprende a caminar mirando alrededor, anticipando comentarios o preparándose para ignorarlos. Una se acostumbra a estar alerta. El problema es que esa alerta termina instalándose en el cuerpo.


Cuando el entorno cambia, pero el cuerpo no

Hoy vivo en una ciudad donde percibo mucho menos acoso callejero que el que experimentaba antes. No significa que no exista, pero la diferencia es evidente para mí. Sin embargo, hay algo curioso: aunque el entorno cambió, mi forma de caminar no cambió del todo. Mi mente sigue esperando ciertas situaciones incluso cuando no ocurren.

Y ahí entendí que el problema no era solamente el comentario de un desconocido. El problema era la costumbre de vivir preparándose para él.

Muchas veces escuché frases como: "No le prestes atención", "eso es normal aquí" o "simplemente ignóralo". Pero precisamente ahí está parte del problema. Cuando algo se normaliza deja de cuestionarse.

Y el acoso callejero debería incomodarnos.

No porque todas las interacciones en el espacio público sean peligrosas, sino porque nadie debería sentirse observado, perseguido, evaluado o intimidado simplemente por caminar.


Una mirada a las cifras 

En Colombia, el acoso callejero es reconocido como una forma de violencia basada en género. Incluye comentarios no deseados, persecuciones, exhibicionismo, tocamientos y otras conductas que afectan la integridad y la libertad de quienes las experimentan. Sin embargo, para muchas personas sigue siendo visto como algo cotidiano, casi inevitable.

Diversos estudios muestran que la mayoría de las mujeres ha experimentado alguna forma de acoso callejero. Las cifras ayudan a dimensionar el problema:

  • En ciudades como Bogotá, ocho de cada diez mujeres reportan haberlo sufrido, especialmente en espacios públicos y sistemas de transporte. Sin embargo, esta realidad está lejos de ser exclusiva de la capital. 

  • Ciudades como Medellín, Cali, Barranquilla y Cartagena también registran denuncias y reportes frecuentes relacionados con acoso verbal, persecuciones e intimidaciones en el espacio público.

Pero incluso esas cifras cuentan solo una parte de la historia.

Lo que resulta más difícil de medir son las consecuencias silenciosas: cambiar rutas, modificar la ropa que usamos, evitar ciertos lugares o desarrollar un estado de vigilancia constante. Tampoco sabemos con precisión qué ocurre en muchas zonas rurales, donde la recolección de información es más limitada y estas conductas suelen estar aún más naturalizadas.


Desaprender la normalización

Por eso creo que las soluciones no pasan únicamente por las sanciones o las rutas de denuncia, aunque ambas sean necesarias. También necesitamos conversaciones que cuestionen estas prácticas y ayuden a desnormalizarlas.

Me gustaría poder caminar sin sentir que debo estar preparada para algo. Me gustaría que la tranquilidad fuera la regla y no una excepción.

Y me pregunto si, como sociedad, también podemos desaprender esa normalización que durante años nos hizo creer que todo esto era simplemente parte de la vida cotidiana.

Porque si tantas mujeres comparten esta sensación de alerta permanente, quizá la pregunta no sea por qué nos sentimos así.

Quizá la pregunta sea por qué seguimos considerando normal aquello que nos hizo sentir de esta manera.

¿Has sentido alguna vez esa "alerta instalada en el cuerpo" al caminar por la calle? ¿Qué estrategias has tenido que adoptar en tu cotidianidad? Te leo en los comentarios para que abramos esta conversación juntos.


Referencias:

Giraldo Castro, N. (2025). ¿Acoso o piropo? Bitácora Conexión, Universidad Nacional de Colombia.

Secretarías de la Mujer de Colombia y Observatorios de Género Urbanos. (2024-2026). Informes sobre violencia de género, acoso sexual en el espacio público y percepción de seguridad ciudadana en Colombia. Bogotá, Medellín, Cali.

Secretaría Distrital de Seguridad, Convivencia y Justicia. (2026). Pacto por la Prevención de las Violencias en el Deporte, la Recreación y la Actividad Física. Alcaldía Mayor de Bogotá. 


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