Cuando el mundo cambia más rápido que la educación



Cuando crecemos, empezamos a descubrir que muchas de las cosas que aprendimos en el colegio no son suficientes para responder a los desafíos de la vida adulta. Si el mundo cambia constantemente, la educación también debería ser un sistema capaz de hacerlo.


¿Por qué el colegio es como es?

Al empezar la universidad me preguntaba por qué el colegio era tan rígido y jerárquico. Pensaba que debía existir una forma distinta de enseñar, quizá más divertida y menos competitiva, aunque no lograba imaginar cómo sería. 

Con el paso de los años esa inquietud empezó a tener más sentido. La inteligencia artificial (IA), las redes sociales y la digitalización han transformado la manera en que trabajamos, aprendemos e incluso nos relacionamos con los demás. Si el mundo cambió, ¿por qué la escuela parece seguir funcionando bajo la misma lógica?

Hoy aprender ya no consiste únicamente en adquirir información, sino también en desaprender, actualizarse y volver a aprender. Gran parte de esa estructura tiene una explicación histórica. Según Ken Robinson, el sistema educativo tal como lo conocemos respondía a las necesidades de la revolución industrial, donde se priorizaba enseñar las habilidades necesarias para las industrias en crecimiento de la época, como contabilidad y leyes. 

A partir de allí se consolidó una jerarquía entre disciplinas. Las materias más útiles para el trabajo (como matemáticas y lenguas) son las más importantes, mientras que las humanidades y las artes (música o danza) ocuparon un lugar secundario. 

Incluso hoy, estas disciplinas suelen recibir menos tiempo, menos recursos y reconocimiento que áreas como las matemáticas o el lenguaje. En buena medida, esa lógica curricular sigue presente en muchos sistemas educativos.

Ese modelo fue exitoso para su época. Hoy, sin embargo, muchas de sus estructuras siguen orientadas principalmente a preparar a los jóvenes para ingresar a la universidad. 

El problema no es únicamente que la escuela conserve una estructura antigua. También ocurre que el mundo para el cual fue diseñada dejó de existir.


La escuela frente a una sociedad que ya cambió

El historiador Yuval Noah Harari sostiene que, durante buena parte de la historia, las personas podían asumir que el mundo cambiaría lentamente. Hoy ocurre lo contrario: resulta cada vez más difícil anticipar cómo evolucionarán el trabajo, la tecnología o incluso las habilidades que necesitaremos dentro de unas décadas. 

En este contexto, Harari advierte que 

"es alarmante lo fácil que resulta inundar a la gente con informes conflictivos y pistas falsas [...] Tanta información hace muy difícil concentrarse y cuando la política y la ciencia parecen muy complicadas es tentador pasar a ver videos de gatos, cotilleos de famosos o pornografía".

Durante mucho tiempo la escuela cumplió la función de transmitir conocimientos. Sin embargo, hoy los estudiantes tienen acceso inmediato a una cantidad de información prácticamente ilimitada. 

El problema no es que los estudiantes tengan acceso a más información que nunca, sino que muchas veces salen del colegio sin las herramientas para distinguir una fuente confiable de una falsa, identificar sesgos, evaluar evidencia o construir un criterio propio. 

En una época en la que una decisión política, una inversión o incluso un tratamiento médico pueden verse influenciados por información engañosa en redes sociales, ésta deja de ser una habilidad académica para convertirse en una necesidad democrática.

Lo interesante es que, a pesar de provenir de disciplinas distintas, Robinson y Harari llegan a una conclusión similar: el problema ya no es únicamente qué enseñar, sino cómo construir un sistema educativo capaz de adaptarse cuando el cambio deja de ser excepcional y se convierte en la norma.

Según el Informe sobre el Futuro del empleo 2025 del Foro Económico Mundial, el mercado laboral está cambiando más rápido que nunca, impulsado por la IA, la automatización, la transición ecológica, la digitalización y otros cambios demográficos y geopolíticos. No es una sola causa, sino una combinación de cambios tecnológicos, económicos, sociales y ambientales. Uno de los cambios más visibles es la aparición de la IA generativa. 

Cuando estaba en bachillerato, preparar una presentación podía implicar pasar horas buscando información en libros o recorriendo distintas páginas de internet hasta encontrar exactamente lo que necesitaba. Hoy basta con formular una buena pregunta a una IA para obtener una explicación o un primer borrador en cuestión de segundos.

Si el propio Foro Económico Mundial afirma que las habilidades más importantes están cambiando rápidamente, ¿por qué los currículos escolares cambian tan lentamente?

Ante este panorama, la escuela ya no puede seguir preparando a los estudiantes únicamente para memorizar contenidos o repetir procedimientos. Si las profesiones cambian constantemente, aprender deja de ser una etapa de la vida y se convierte en una capacidad permanente. El verdadero desafío consiste en formar personas capaces de adaptarse a contextos que todavía ni siquiera existen.


Entonces, ¿qué debería cambiar?

Quizá por eso muchos adultos sienten que el mundo avanza demasiado rápido. No porque hayan dejado de aprender, sino porque fueron educados para una realidad donde el conocimiento cambiaba lentamente. Hoy esa estabilidad prácticamente ha desaparecido.

Frente a este escenario, algunos investigadores proponen un enfoque distinto. Ethan Mollick, por ejemplo, propone el concepto de co-inteligencia (co-intelligence), que consiste en trabajar con la IA como un colaborador con el que trabajamos, más que como una herramienta que solo ejecuta instrucciones. Desde esa perspectiva, la pregunta deja de ser "¿cómo hacemos para que los estudiantes no usen la IA?" y pasa a ser "¿cómo les enseñamos a utilizarla de manera crítica y responsable?".

En este modelo, la IA no sustituye el pensamiento humano. Su papel consiste en ampliar nuestras capacidades, mientras que las personas siguen siendo responsables de formular buenas preguntas, verificar la información, aportar contexto y tomar las decisiones finales.

Prohibir que los estudiantes utilicen IA parece cada vez menos realista. Estas herramientas ya forman parte de su vida cotidiana. La discusión, entonces, no debería centrarse en impedir su uso, sino en enseñar a utilizarlas de manera responsable.

Esto es importante porque, como señala Mollick, la responsabilidad de la decisión final siempre seguirá siendo humana. La IA puede generar respuestas con gran rapidez, pero no comprende el mundo como nosotros: carece de valores, contexto social, responsabilidad e intuición moral. Precisamente por eso el criterio humano sigue siendo insustituible.

Por eso, la IA no debería utilizarse sin sentido crítico. Puede equivocarse o presentar respuestas incorrectas con gran seguridad. Pero evitarla por miedo puede ser tan perjudicial como confiar ciegamente en ella. 

El verdadero reto consiste en aprender a colaborar con estas herramientas sin renunciar al criterio humano. ¿No debería ser precisamente eso lo que enseñe la escuela?

La educación siempre ha incorporado nuevas tecnologías. En su momento fueron la imprenta, la calculadora o internet. La IA representa un cambio de mayor magnitud, pero el desafío sigue siendo el mismo: aprender a usar una herramienta sin delegar en ella nuestra capacidad de pensar y decidir.

La discusión, entonces, no gira en torno a si la IA debe entrar o no a las aulas. En muchos sentidos, ya entró. La verdadera pregunta es si el sistema educativo aprenderá a convivir con ella o seguirá enseñando como si ese cambio nunca hubiera ocurrido.


¿Por qué es tan difícil cambiar la educación?

El ideal es que la escuela enseñe y prepare a los estudiantes para convivir con tecnologías como la IA, pero ese cambio no es tan sencillo como parece. La educación no es solo un lugar donde se transmiten conocimientos. También es una institución que forma ciudadanía, transmite valores y ayuda a definir cómo una sociedad entiende el mundo.

En este sentido, la educación no es neutral, precisamente porque define qué conocimientos se consideran importantes, qué valores se transmiten y qué tipo de ciudadanos se busca formar. Por eso, cualquier intento de reformarla suele generar debates políticos, culturales e ideológicos.

Los sistemas educativos suelen ser instituciones que cambian lentamente. Cambiar un currículo puede tomar años. Formar docentes requiere décadas. Los libros, las evaluaciones y las políticas públicas no se transforman al mismo ritmo que la tecnología. A eso se suman intereses políticos, restricciones presupuestales y desacuerdos sobre qué debería enseñarse. Por eso, cambiar la educación implica mucho más que introducir una nueva herramienta en el aula.

Además, las escuelas también responden a las expectativas de las familias y de la sociedad, que muchas veces esperan modelos educativos similares a los que ellas mismas conocieron.

Así como es vista como la vía necesaria para mejorar la calidad de vida, reducir la pobreza y afrontar problemas sociales, también hay críticos que han advertido que los sistemas educativos reproducen las desigualdades existentes, legitimando los intereses de las clases dominantes.

Cambiar la educación nunca será tan rápido como desarrollar una nueva tecnología. Pero, precisamente por el papel que cumple en la sociedad, tampoco puede permitirse quedarse atrás.


¿Qué debería enseñar la escuela?

En ese escenario, el papel del profesor también cambia. Más que ser la principal fuente de información, se convierte en un guía capaz de ayudar a los estudiantes a formular preguntas, evaluar evidencia, conectar ideas y desarrollar pensamiento crítico. Las evaluaciones basadas únicamente en memorizar contenidos o resumir información tienen cada vez menos sentido en un contexto donde cualquier estudiante puede acceder a esos datos en segundos.

Mi mamá suele contarme que hace veinte años iba a la biblioteca para consultar una enciclopedia y hacer sus tareas. Hoy un estudiante solo abre ChatGPT desde su teléfono y puede obtener una explicación en segundos. Sin embargo, en muchas aulas seguimos evaluando como si el acceso inmediato al conocimiento no estuviera.

Más que memorizar información, la escuela debería ayudar a desarrollar capacidades que sigan siendo valiosas incluso cuando cambien las tecnologías: pensar críticamente, trabajar con otros, comunicar ideas, hacer buenas preguntas, evaluar evidencia y tomar decisiones. Son habilidades que seguirán siendo necesarias incluso cuando las profesiones y las herramientas continúen transformándose.

El Foro Económico Mundial coincide con esta idea y proyecta que, en los próximos años, crecerá la demanda de habilidades como 

- El pensamiento analítico 

- La resiliencia

- El aprendizaje permanente

- La creatividad

- La alfabetización tecnológica.

Así pues, esperar a que todo este claro para adaptarse es un error. Las personas y las instituciones deberían empezar a experimentar desde ahora. Eso no quiere decir que se deba descartar todo lo conocido. 

Las habilidades básicas seguirán siendo fundamentales. Leer, escribir y razonar matemáticamente continuarán siendo la base del aprendizaje. Sin embargo, hoy esas competencias necesitan complementarse con alfabetización digital, pensamiento crítico y la capacidad de aprender de manera permanente.

Y, querámoslo o no, si la escuela no aprende a integrar críticamente estas tecnologías, corre el riesgo de seguir relegando precisamente aquellas capacidades, como la creatividad, que Robinson consideraba fundamentales.

En el fondo, educar para el cambio no significa enseñar a predecir el futuro, sino desarrollar la capacidad de seguir aprendiendo durante toda la vida. La tecnología seguirá transformándose, las profesiones cambiarán y surgirán desafíos que hoy ni siquiera imaginamos. Prepararnos para esa incertidumbre quizá sea una de las tareas más importantes de la escuela.

Quizá nunca haya existido un momento perfecto para reformar la educación. Pero sí hay momentos que nos obligan a replantearnos si aquello que enseñamos sigue respondiendo al mundo en el que vivimos. Y este parece ser uno de ellos.

Quizá el verdadero reto nunca fue lograr que la educación cambiara al mismo ritmo que la tecnología. El verdadero reto es construir una escuela capaz de aprender junto con la sociedad a la que pretende servir. Si la única constante del siglo XXI es el cambio, quizá la mejor educación no sea la que ofrece todas las respuestas, sino la que nos enseña a seguir haciéndonos preguntas.

 

Referencias

Harari, Y. N. (2018). 21 Lessons for the 21st Century. Jonathan Cape. [21 lecciones para el siglo XXI]

Mollick, E. (2024). Co-Intelligence: Living and Working with AI. Portfolio.  
OECD. (2019). The OECD Learning Compass 2030.

Robinson, K. (2015). Creative Schools: The Grassroots Revolution That's Transforming Education. Viking. [Escuelas creativas: La revolución de base que está transformando la educación] 

Robinson, K. (2006). Do schools kill creativity? Conferencias TED. [¿Las escuelas matan la creatividad?]

World Economic Forum. (2025). The Future of Jobs Report 2025.



 


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